Desde que nací, hace cuarenta años, el 28 de marzo de 1981, nunca en toda mi vida la palabra «esencial» se había asociado tan a menudo con la palabra «cultura» como durante este período de crisis sanitaria y, por tanto, económica. Es obvio que, tras esta crisis, muchos de nuestros paradigmas saldrán cambiados. Nuestras convicciones se verán profundamente cuestionadas en todos los ámbitos de nuestra sociedad.
La palabra «esencial» ha empezado a utilizarse porque a nosotras, a las gentes de la cultura, siempre se nos consideró, desde un principio, como algo «no esencial». Y, precisamente, por haber sido calificadas de «no esenciales», está germinando un movimiento imparable, que avanza inexorablemente hacia tomas de conciencia más aguzadas y de dimensiones más amplias.
Y, sí, inesperadamente, hete aquí que el mundo del arte y de la cultura, relegado a la sombra o escondido a la vista, se ha hecho ahora visible en un escenario iluminado por luces que transmiten más amargura que extrañeza.
Soy una mujer de la cultura. Creo cultura y me alimento de ella. Soy actriz, cantante, directora, autora, profesora de teatro y de francés, editora de teatro belga francófono, programadora de un festival, y he desarrollado un gusto particular por las artes plásticas, la escenografía, el arte del movimiento y la danza. Tampoco tengo miedo de arrimar el hombro y, en ocasiones, hacer lo que se tercie. Hacer trabajos que a menudo carecen de valor en la visión colectiva de nuestras sociedades. No tengo miedo al trabajo. Trabajar es lo que ha hecho de mí la persona que soy. Es el valor más importante que me transmitieron mis padres. Pero la cultura es mi tercer progenitor. La cultura ha completado mi construcción o, al menos, ha sido la amalgama que la ha consolidado; ha contribuido a cambios profundos: evoluciones, revoluciones interiores y transformaciones; la cultura me ha abierto la mente pero, sobre todo, el corazón. Los viajes más hermosos de mi vida han sido los minutos felices de un violoncelo sonando al compás de mis emociones, un Shakespeare que danza en medio del humo entre las almas receptivas, lienzos infinitos, de profundidad insondable, contemplados a la vuelta de una esquina o en un museo. Y qué decir de todo el universo maravilloso que encierra el teatro, que no cabe resumir solo en un escenario y un texto sino que constituye un mundo tan plural como complejo, que va desde la marioneta a la improvisación, pasando por el arte de la palabra hablada y el movimiento corporal. En el teatro existen tantas disciplinas y subgéneros como en la medicina.
Evidentemente, hace un año que suspendimos todas nuestras actividades. El sufrimiento de nuestra profesión es inconmensurable. El sufrimiento moral, primero, al que se suma el sufrimiento económico debido a la inactividad de todos los oficios del mundo del espectáculo, que atraviesa una crisis financiera profunda. Los oficios del espectáculo son demasiado poco conocidos pero su variedad es amplia. Mujeres y hombres autores, directores, actores, costureros, dramaturgos, técnicos de iluminación y de sonido, decoradores, escenógrafos, maquilladores, asistentes, así como todas las profesiones relacionadas con la preproducción y la postproducción: difusión, comunicación, promoción, acogida de los espectadores, reservas; y esta lista se queda corta.
También hay que tener en cuenta, y quizá esto sea lo más importante, el sufrimiento del público, de la gente. El público, que se ve ahora limitado a Netflix o a los libros, elige demasiado rápido el partido de la imagen, que es el partido de la cultura fácil y única. El confinamiento y el aislamiento han menguado las opciones que se le brindaban y ya no hay momentos para compartir y abrirse, reír, soñar y viajar a tierras lejanas, acomodados tranquilamente en un asiento de terciopelo rojo.
Y qué decir del sufrimiento de no poder seguir aprendiendo, puesto que la cultura es nuestra mejor maestra de vida.
Ahora el término «esencial» se aplica y se asocia sobre todo a nuestras profesiones culturales debido a esta primera categoría negativa, de «no esencial», que nos atribuyeron injustamente nuestros dirigentes políticos. Hoy, en vez de rebelarme, comparto esta esperanza insensata —¿y no es acaso insensata cualquier esperanza?—, esta esperanza inquebrantable de que, sí, definitivamente, en un futuro ya cercano, el común de los mortales, cuando se pronuncie la palabra «cultura» oirá, sobre todo y por encima de todo, la palabra «esencial».
Así, al querer enterrarnos nos han hecho germinar; estamos haciendo germinar la cultura como nunca antes lo habíamos hecho y el futuro nos lo confirmará, lo creo fervientemente, estoy convencida. Cuando salgamos de esta crisis, nunca jamás volverá a restarse valor a nada que tenga que ver con la cultura.
Aurélie Vauthrin-Ledent