Tras la guerra de Vietnam, cobró fuerza en la comunidad periodística mundial la tendencia a cubrir guerras desde una postura de distanciamiento, es decir, sin apoyar a uno u otro lado. En contraste con lo que se venía haciendo hasta entonces —el periodista se «integraba» (embedded) en el ejército de un país—, esta nueva práctica se consideró un enorme avance hacia la objetividad. Esto fue posible, por supuesto, gracias al crecimiento económico de los medios de comunicación, pero también al hecho de que la mayoría de los conflictos se desarrollaban «lejos» de las sedes de los grandes medios. Se trataba de guerras «extranjeras», por lo que era relativamente fácil para los periodistas desvincularse emocionalmente. La guerra en Ucrania ha trastocado este principio, y puede que en un futuro próximo se produzcan cambios significativos en cuanto al funcionamiento general de los medios de comunicación y la relación de estos con la sociedad y el Estado.
En el plano de la comunicación, la guerra en Ucrania, que comenzó con la invasión rusa de Crimea en 2014, vino cargada de mentiras desde el principio. Los medios de comunicación internacionales, grandes y pequeños, informaban sobre los «neonazis que oprimen a la población rusófona» en el este de Ucrania, proporcionando a los dirigentes del Kremlin la excusa para continuar con sus atrocidades. La publicación de estos reportajes no se debía tanto a un mal trabajo por parte de los medios de comunicación occidentales, sino más bien al hecho de que el sistema mediático de «Occidente» no estaba preparado para hacer frente a semejante ola de desinformación, organizada y financiada por Moscú. O al hecho de que Moscú utilizara las libertades del mundo occidental para atentar contra esas mismas libertades.
Cuando esto se entendió —sobre todo en los últimos tres meses—, una gran parte de los periodistas extranjeros tomó abiertamente partido por Ucrania. No solo porque se tratara de un país que se ha visto atacado sin provocación, sino también porque entendieron que lo que se atacaba eran todos aquellos principios y valores en los que se basan, entre otras cosas, la libertad de expresión y el funcionamiento de los medios de comunicación.
A primera vista, esta elección podría verse como un «retroceso» por parte de la comunidad periodística en cuanto a su objetividad. Tan «objetiva» e «imparcialmente» podrían presentarse un violador y su víctima. En esta guerra ha quedado demostrado mejor que nunca que la «equidistancia» entre la víctima y el agresor siempre juega a favor de este último.
El dilema que se plantea también tiene que ver con la elección entre la objetividad y la ética. Suena extraño, pero para una parte de los grandes medios de comunicación existe este dilema. Y el de si «Europa», al menos tal y como entienden los ucranianos esta palabra, está dispuesta a defender sus libertades, aunque ello requiera un control más estricto contra cualquier abuso de estas.
La sociedad ucraniana, y en especial los periodistas de Ucrania, entendieron hace ocho años que, para la Federación Rusa —y, en adelante, para cualquier potencia que pretenda amenazar los principios y valores de Europa—, nuestra libertad de expresión y la institución de los medios de comunicación son una herramienta de guerra. De guerra contra nosotros.
Aparte del hecho de que han sido invadidos militarmente, durante los últimos ocho años a los ucranianos se les ha presentado también como responsables o cómplices de esta situación. De víctimas pasaron a ser agresores. Esto ha tenido consecuencias en el ámbito, entre otros, de la propia guerra, bajo la forma de menos sanciones contra Rusia, retrasos en el suministro de equipos a Ucrania, etc. Y el hecho de que hoy esta situación parezca invertirse se debe no solo a que muchas de las burdas mentiras de Rusia están siendo desenmascaradas gracias al trabajo de los periodistas, sino también a que algunos de ellos están redescubriendo su papel en la sociedad. Que no es el de un canal pusilánime de transmisión de información, sino el del sistema nervioso de la sociedad, que ayuda, entre otras cosas, a responder a una pregunta básica: dónde queda el bien y dónde el mal.
Kostas Onisenko
Kostas Onisenko es un periodista griego que vive y trabaja en Ucrania como corresponsal de medios griegos de comunicación.