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Sébastien Maillard: ¿Has dicho «pertenencia»?
Esta es la última de las tres consignas anunciadas para la Presidencia francesa del Consejo de la UE, pero la que más llama la atención: la pertenencia. ¿De qué estamos hablando? Se trata de ese je ne sais quoi que te hace sentir europeo, una conciencia de formar parte de este continente, de pertenecer a él, en definitiva. Algo que no se puede decretar ni se puede comprar. Las zonas de Francia que reciben subvenciones «de Bruselas» no son las más eurófilas. Por otro lado, este sentimiento, a la vez individual y colectivo, necesita ser despertado, alimentado y madurado.
¿Cómo? La pertenencia europea puede entenderse de tres maneras. La más obvia, pero que a menudo se pierde de vista, es la pertenencia en el sentido —atrevámonos a decirlo— civilizatorio. Puede que lo hayas sentido este verano si has podido viajar. En las calles de Roma, Praga, Lisboa o Atenas, en las plazas principales, en las catedrales, en los alrededores de los cafés o de la ópera: ese aire de familia que surge más allá de la diversidad de estilos y lenguas. Esas huellas de una memoria colectiva que supera su marco nacional y se une al nuestro. Sin nivelar, fusionar o estandarizar nada. Sin quitarle nada al vínculo nacional o regional, que tiene su propio devenir. Ser europeo es sencillamente no sentirse exiliado cuando se viaja por estas ciudades, al menos no tanto como en otros continentes. Esto requiere una educación escolar que integre la dimensión europea.
Pero la pertenencia es también una cuestión de ciudadanía: reconocerse como verdadero ciudadano europeo, y no solo durante las elecciones europeas. Se trata de nuestra capacidad para aceptar la legitimidad democrática de una directiva europea aprobada y no verla como un «diktat impuesto por Bruselas», para utilizar el euro como nuestra moneda y no como una moneda de otro lugar. Más en general, significa reconocerse a uno mismo como perteneciente a la Unión Europea y no solo al Estado que es miembro de ella. En la práctica, esta forma de pertenencia se basa ante todo en la manera en que nos informamos sobre los asuntos europeos en los medios de comunicación. ¿Tienen los comisarios, los eurodiputados —y los miembros del CESE— un lugar en nuestra esfera política o son inexistentes?
Por último, la tercera forma de pertenecer a Europa es sentir el propio destino ligado al de los vecinos, adherirse a una misma visión de futuro, compartir los mismos ideales. La expresión «construir Europa» adquiere aquí todo su significado. Si estamos construyendo Europa, año tras año, es porque tenemos un gran diseño en mente: en su origen, para hacer la paz, para crear la unidad; hoy en día, para afirmarnos frente al resto del mundo, combatir el calentamiento global, preservar la democracia frente al autoritarismo. En definitiva, uno no se siente europeo solo por contemplar piedras antiguas, por respetar las mismas normas, sino también por suscribir los mismos valores e intereses geopolíticos.
Con demasiada frecuencia, estos tres enfoques de la pertenencia permanecen aislados unos de otros. El primero se centra en el pasado, el segundo en el presente y el tercero en el futuro. El primero interpela a los historiadores y artistas, el segundo a los economistas y abogados, el tercero a los filósofos y estrategas. El reto de una pertenencia exitosa consiste en aunar estos tres enfoques, no contraponerlos entre sí. O más bien detectar su imbricación. No estaríamos «construyendo Europa» si no existiera ya como civilización y no tuviera la UE como vehículo para manifestarse ante el mundo. Vincular estas tres dimensiones y hacerlas coherentes es el reto de una pertenencia europea plena. Lo que requerirá mucho más que una presidencia rotativa.
Sébastien Maillard
Director del Instituto Jacques Delors, París