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Giulia Barbucci: En los últimos meses, la voz de los sindicatos se ha hecho oír más que nunca.
Giulia Barbucci: En los últimos meses, la voz de los sindicatos se ha hecho oír más que nunca.
11 de marzo, vuelvo a Roma, a casa. Clima pesado, angustia; en el norte de Italia, ya se cuentan los muertos. Mi hija Ilaria ha regresado de Milán, donde estudia, y Miriam, la mayor, vive y trabaja en Barcelona, y está muy preocupada.
Por la noche, el primer ministro, Giuseppe Conte, impone la cuarentena en todo el país. En las zonas «rojas» del norte, ya se ha decretado el confinamiento y aislado a los ciudadanos.
Se cierran las escuelas, se suspenden el campeonato de fútbol y las actividades recreativas y deportivas, y se prohíben las visitas a los enfermos en los establecimientos sanitarios. No se puede viajar, ni en transporte público ni privado, y se interrumpen las actividades productivas no esenciales.
Un manto de irrealidad envuelve a Italia. Desorientación, miedo: el virus parece propagarse de forma descontrolada e imparable.
Dos imágenes simbolizan la dura realidad: la larga columna de vehículos militares en Bérgamo que transportan los cadáveres fuera de la región, porque ya no queda sitio en los cementerios, y la fuerte e indeleble imagen retransmitida por televisión el 28 de marzo del papa Francisco, que reza en la Plaza de San Pedro, desierta.
Los sindicatos italianos se movilizan rápidamente, junto con el gobierno, para asegurar la continuidad de las actividades de producción esenciales y garantizar a los ciudadanos el abastecimiento necesario en los supermercados y el suministro de medicamentos en las farmacias. Los sindicatos nunca han dejado de apoyar a los trabajadores que han perdido su empleo, ni de buscar acuerdos con los empresarios para empezar a trabajar a distancia, o para garantizar el apoyo a los ingresos, que ya no están asegurados.
La situación en los hospitales está fuera de control: no quedan camas libres y los servicios de cuidados intensivos están trabajando al límite de su capacidad, al igual que los trabajadores sanitarios: enfermeros, médicos, cuidadores, obligados a permanecer en cuarentena, lejos de su casa, trabajan incansablemente, con la tremenda carga psicológica de tener que ayudar a personas que mueren sin el consuelo de sus seres queridos.
En aquellos momentos, todos pensamos que «no olvidaríamos lo sucedido». Ahora estamos procurando avanzar, pero el virus no se ha derrotado: están surgiendo pequeños o grandes brotes en los distintos países de la Unión, y cada uno reacciona de la manera que considera más oportuna, con sus propias medidas. Precisamente ahora es cuando la Unión Europea, gracias al enorme esfuerzo económico desplegado para todos los países, debe actuar de manera unida, coordinando los esfuerzos de cada uno de los Estados miembros, aunque somos conscientes de la dificultad de la tarea. Pero no ganaremos esta guerra actuando cada uno por nuestra cuenta.
En los últimos meses, la voz de los sindicatos se ha hecho oír más que nunca. Los sindicatos no son un concepto abstracto: son los trabajadores y las trabajadoras quienes transmiten al país sus justas reivindicaciones de igualdad social, dignidad y respeto. Quienes han experimentado la realidad de los hospitales, las residencias de ancianos, los comercios, los servicios de limpieza, los transportes, las empresas que violan los derechos básicos en materia de salud y seguridad en el lugar de trabajo, son los que nos pueden enseñar cómo cambiar un modelo económico y social que está mostrando sus límites y amenazando el porvenir de las futuras generaciones.
Esto es lo que deseo para mis hijas, Ilaria que estudia en Milán y Miriam que trabaja en Barcelona: un mundo a su medida, y sostenible desde los puntos de vista económico, medioambiental y social.