Laure Batut: miedo, resiliencia, ¿y luego?

Primero, miedo y estupor

Miedo de verdad. El que paralizó todo, el que, al hacerse cada noche el funesto recuento, hace temer por los seres más queridos, ya sean muy jóvenes o muy ancianos y frágiles. El que nos recuerda que la oscuridad acecha, a la espera.

El estupor surgió al constatar que en Francia los servicios centrales de salud no estaban preparados, con los profesionales sanitarios en primera línea y los ciudadanos en la retaguardia careciendo todos ellos de los medios elementales para protegerse y tratar a los pacientes. Estupor también ante la capacidad de la sociedad de todo un país como Francia, incluidos sus territorios de ultramar, para acallar toda actividad humana, desertar las ciudades y escuelas, después de todo un invierno de legítimo furor social en las calles.

El mundo, globalizado aún más por la pandemia, se fragmentó entonces por el confinamiento en una multitud reducida a la yuxtaposición de individuos. La pandemia ha ensanchado todas las brechas.

La vuelta del Estado

A los servicios públicos, en especial sanitarios, cuya misión es hacer que la vida prevalezca, poco a poco se les ha dotado de medios logísticos, mediante medidas que adquirían tintes a veces de espectáculo, como en el caso del traslado de algunos enfermos en tren o helicóptero, en lugar de recurrir a las clínicas privadas que estaban listas para colaborar.

Las empresas dedicadas a prestar servicios vitales a los ciudadanos han recibido el apoyo del Estado para mantener su misión de velar por la vida, el abastecimiento, la limpieza, etc.

Pero sus empleados se encontraban en situaciones muy diversas en materia de protección frente al virus y no recibían gratificación sistemáticamente.

Luego, la resiliencia

Llegó a través de los vínculos entre profesores y alumnos, las redes, el teléfono, la radio, la televisión, los medios de comunicación, ya fueran esenciales o lúdicos: hubo que ocupar y gestionar el tiempo, así como trabajar. Los ciudadanos, desde sus ventanas, aplaudían al personal sanitario cada tarde a las ocho; el Estado no les ha brindado todo el reconocimiento que merecen.

Los empleados han redescubierto sus propias capacidades de innovación. El teletrabajo, a veces denegado a algunos empleados, se ha generalizado a toda velocidad. Los padres —y sobre todo las madres— han tenido que ejercer dos profesiones, la suya y la del maestro.

El papel de intermediación de los sindicatos entre empleados, empresarios y el Gobierno ha vuelto a legitimar su actuación en nuestro país. Cabe esperar que no solo se les oiga, sino que sobre todo se les escuche.

Europa

Por su parte, la UE también nos dejó estupefactos con las primeras declaraciones de la Comisión.

Se anunciaba mucho más que un plan Marshall de recuperación. ¡Todo un soplo de aire fresco! Pero, como es sabido, los gobiernos y el parlamento se apresuraron a encontrar los motivos de demora que conocemos.

No obstante, muchos pequeños comercios —con pocos empleados y escasa tesorería— ya han quebrado en Francia, y restaurantes pequeños de jóvenes que acababan de lanzarse se han vendido con pérdidas. Los bancos les han fallado. Aunque los trabajadores pueden cobrar el subsidio por desempleo parcial hasta septiembre, ¿qué pasará después? Pese a las ayudas recibidas de los Estados miembros, grandes empresas, entre otras Air France-KLM (7 000 millones EUR recibidos de los Países Bajos y Francia) o Airbus, despiden a sus empleados de manera escandalosa. Mientras tanto, 700 000 jóvenes están accediendo al mercado laboral a la vuelta tras el verano.

¿Y el día siguiente?

Empieza a asemejarse cada vez más al día anterior. En primer lugar, porque el virus sigue circulando. Además, porque las reformas que estaban en curso «antes» se reanudarán «después», aun cuando en Francia el mundo laboral no las acepta. El Gobierno promete a los ciudadanos que no financiará mediante impuestos la caída del 13 % del PIB; pero la procesión de despidos y subidas de precios no cesa desde el verano: energía, transportes, frutas y hortalizas, etc.

Si se tienen en cuenta las lecciones extraídas de la crisis, la organización del trabajo va a evolucionar. El teletrabajo, el trabajo en plataformas o por videoconferencia requerirá normas todavía inexistentes. Tras la resiliencia, es indispensable la vigilancia. ¿Pondrá de manifiesto la crisis que a los más fuertes desde el punto de vista económico les sigue yendo mejor y que los menos favorecidos sufren cada vez más? En la región de París, el departamento más pobre es el que cuenta con más enfermos. Lamentablemente, nada nuevo bajo el sol.