Cuando entré en el vestíbulo de inscripciones de la COP27 en Sharm el-Sheij, estaba totalmente desbordada. Desbordada por las personas, los actos, la diversidad y el intenso ruido. ¿Puedes imaginar que miles de personas hablen simultáneamente, sin que nadie escuche? Es difícil describirlo.

Quizás sería mejor utilizar el simbolismo bíblico de la Torre de Babel: mientras construían la torre, las personas presentes comenzaron repentinamente a hablar diferentes lenguas y no pudieron comunicarse ni trabajar juntos para acabar de construirla. Los retos que conlleva colaborar por una causa común también afloraron en la COP de este año. Miles de personas, cada una con su propia agenda y su particular enfoque, hablaban con otros participantes afines en sus respectivas burbujas sociales. Las negociaciones formales pasaron, en cierto modo, a un segundo plano, ya que esta conferencia se asemejaba a una feria, en la que era difícil incluso encontrar la ubicación de un acto por la falta de tiempo o la excesiva distancia. Cualquier diálogo tenía que planificarse con antelación, y solo algunas cosas podían dejarse al azar.

¿Necesitamos este tipo de actos? ¿Aportan esperanza? En mi opinión, debería mejorarse la logística de este tipo de actos. Sin embargo, dado que es el único acto anual en el que tantas partes interesadas diversas se reúnen y comparten la misma realidad, pasión y honda preocupación por nuestro futuro, tengo que decir que la COP27 sí insufló esperanza. Tal vez se debió a la experiencia colectiva de la calurosa climatología de noviembre, a los precios excesivos de la comida durante la primera semana o a las reuniones hasta altas horas de la noche. O quizás a las historias que escuchamos y compartimos con personas de todo el mundo. O a la constatación de que las pérdidas y los daños causados por el cambio climático ya se están produciendo en todas partes y de que la cuestión de si hay que actuar o no ha dejado de ser un tema de debate.

A mí, como miembro del movimiento YOUNGO y delegada de un partido, pese al ruido, al ambiente de feria y a la multitud de actos, de repente se me ocurrió una idea justo después del Pleno de los Pueblos: si no te alzas por algo, caerás por todo.

La lucha contra el cambio climático nunca se ganará en la sala de negociaciones, sino solo sobre el terreno, haciendo causa común. Juntos podemos derribar los muros del miedo, como las gotas de agua que se unen para formar ríos, que a su vez pueden excavar cañones y desplazar montañas. Debemos forjar alianzas, garantizar una participación democrática visible y respetar los derechos y la dignidad de los seres humanos.
 
No podemos actuar de la misma manera y esperar un resultado diferente. Si no hacemos nada, nos costará el planeta. Así que, por fin, ha llegado el momento de abandonar el discurso de «muy poco y demasiado tarde», hacer un acto de fe gigante y ambicioso y garantizar que las partes interesadas se comprometan realmente a respetar las decisiones adoptadas en la COP27 de Sharm el-Sheij.