por Andrej Matišák

¡Bienvenidos a Eslovaquia! Bienvenidos a la tierra de los récords europeos.

No, no es que figuremos en el libro Guinness por nuestro gran número de monumentales castillos, lujosos balnearios o espectaculares montañas. Me refiero a los récords de participación electoral en Eslovaquia: por desgracia, estamos a la cola.

Los eslovacos votaron por primera vez en las elecciones al Parlamento Europeo en 2004. Desde entonces, mi país siempre ha tenido la participación más baja. Siempre.

En 2014, solo acudió a las urnas el 13,05 % del electorado. En aquel momento, estaba tan convencido de que la participación sería inferior al 15 % que casi consideré la posibilidad de pedir un préstamo para crear un partido político. Retrospectivamente, creo que la ocasión era propicia hasta para llegar yo mismo a ser eurodiputado.

Ahora en serio: ¿qué percepción tienen los eslovacos de la Unión Europea hoy en día? ¿Es para ellos una hucha de la que sacar dinero? Sin duda lo es, pero el problema es que Eslovaquia ni siquiera sabe utilizar eficazmente los fondos de la UE: también nos encontramos a la zaga en este sentido.

El discurso de que «Bruselas nos quiere mandar en todo» está muy extendido; de hecho, se oye por doquier. No obstante, son los políticos eslovacos quienes han perfeccionado la técnica de echar balones fuera. Si algo sale bien, el mérito es suyo; si sale mal, «es culpa de Bruselas otra vez»: muy pocos políticos resisten la tentación de recurrir a este argumento.

Con todo, los medios de comunicación también pueden considerarse parte del problema. Su cobertura de los temas de la UE se hace a menudo de manera totalmente superficial. Los periodistas evitan los asuntos de la UE tachándolos de anodinos, pero cuando sí los tratan se centran principalmente en cuestiones problemáticas, ya sean reales o inventadas.

Permítanme decir unas palabras sobre el sector empresarial. Los empresarios rara vez hablan en público de las ventajas de la UE; prefieren también quejarse de las imposiciones y leyes que vienen de Bruselas.

Todos estos factores en su conjunto han llevado a que, según las encuestas, los eslovacos sean cada vez más euroescépticos. Si añadimos toda la desinformación, incluida la procedente de Rusia, que los políticos actualmente en el cargo aspiran a usar para sus intereses, acabamos con un cóctel explosivo de desidia e ira acumulada.

No, un «Eslovacxit» todavía no figura en el orden del día, pero es posible que empecemos a oír más al respecto cuando Eslovaquia acabe convirtiéndose en un país que haya perdido su derecho a recibir fondos de la UE.

Si queremos evitar consecuencias nefastas, los dirigentes políticos de Eslovaquia deben por fin aceptar la UE como espacio vital para el funcionamiento del país y actuar en consecuencia. Lamentablemente, ya es más que patente que una parte considerable de la actual representación política eslovaca prefiere emprender una lucha contra la UE para proteger sus intereses, caiga quien caiga.

Por ello es necesario que todos los votantes que se preocupan por la UE hablen de su importancia a sus familiares y amigos, e incluso a extraños. Esto puede ser mucho pedir y no está claro adónde nos llevará. Sin embargo, cualquier alternativa es peor.