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Tetyana Ogarkova: La última guerra de Vladimir Putin
Tetyana Ogarkova: La última guerra de Vladimir Putin
El 24 de febrero de 2022, nos despertamos a las 5 de la mañana a causa de unos extraños ruidos que se oían a lo lejos y que parecían explosiones. Los niños dormían plácidamente en sus camas, pero los teléfonos no paraban de recibir mensajes. La guerra había comenzado. En Kiev, Járkov, Ivano-Frankivsk y otras ciudades del país se registraban explosiones que resultaron ser ataques con misiles.
Uno de los primeros impactos destruyó un edificio en un recinto militar en Brovary, donde vivía el profesor de baile de nuestra hija mayor. Unas horas más tarde, me subí al coche para recoger a una amiga que no contestaba más al teléfono. Los tanques ucranianos salían a mi encuentro, y sus orugas dejaban marcas en el asfalto.
Desde aquel doloroso despertar del 24 de febrero de 2022, que destruyó nuestro mundo para siempre, no hemos vuelto a dormir. Miramos nuestra nueva realidad con los ojos bien abiertos. En la primera semana de la guerra, hemos visto por primera vez a amigos nuestros caer en combate. También hemos visto que el ejército ucraniano es capaz de resistir frente al «segundo ejército del mundo». Hemos visto a los europeos entregando armas y debatiendo futuras sanciones.
Sobre todo, miramos a Rusia con los ojos bien abiertos. Y no damos crédito a una tal bajeza: los soldados se jactan ante sus mujeres de haber robado cafeteras, alfombras y hasta lavadoras en los pueblos devastados. No damos crédito a su crueldad: matan a civiles desarmados con un tiro en la nuca, violan a las mujeres ucranianas delante de sus hijos y queman sus cuerpos. Bombardean nuestros hospitales y nos lanzan misiles, cada día, sin excepción. No damos crédito a su estupidez: sus soldados han estado más de un mes cavando trincheras en Chernóbil, solo para tener que ser trasladados a Bielorrusia con síntomas graves de exposición a las radiaciones, que ya se están cobrando sus víctimas.
Miramos con los ojos bien abiertos la realidad de la Rusia moderna. Putin no es el único que libra esta guerra. Según una encuesta reciente del Centro Levada, cuenta con el apoyo del 85 % de los rusos.
Ya es hora de afrontar esta nueva realidad. La heroica resistencia de los soldados ucranianos, la ayuda militar y las fuertes sanciones de los socios occidentales de Ucrania están haciendo su parte.
Pero la guerra sigue ahí. La clave es mantenerse firme, no rendirse, no sucumbir a la tentación de un alto el fuego acordado a la ligera o con demasiada rapidez, sea como sea. Todos queremos la paz. Tenemos una oportunidad única para asegurarnos de que esta agresión incalificable de Rusia sea su última guerra. De nada servirán ni un alto el fuego, ni concesiones territoriales, ni soluciones transaccionales, salvo para permitirle a Rusia reivindicar una victoria parcial y avivar los sentimientos agresivos y revanchistas de su sociedad.
Transnistria en 1992, Georgia en 2008, Crimea y el Dombás en 2014: en cada década, Rusia ha sabido aprovechar los desafíos y peligros que asolan la región. El Kremlin se ha servido de cada debilidad de Occidente como excusa para continuar su agresión. Miremos la realidad con los ojos bien abiertos. Para alcanzar la paz, es necesario continuar la guerra. La guerra contra Rusia.
Tendremos que armarnos de valor, de mucho valor. No solo el de los soldados ucranianos, sino también el de nuestros socios occidentales, para reforzar las sanciones (con el fin de destruir la economía rusa) y proporcionar a los ucranianos las armas ofensivas necesarias (para repeler a las tropas rusas más allá de la frontera).
También necesitaremos firmeza. La firmeza necesaria, tras la inevitable derrota de Rusia, para exigir a cada ciudadano ruso la responsabilidad histórica de esta barbarie inhumana. Con indemnizaciones que deberán pagar durante dos o tres generaciones. Con libros de texto de historia que contengan descripciones pormenorizadas de sus crímenes de guerra. Con un museo de la batalla de Mariupol, o de Bucha, en el centro de Moscú.
Solo al final de esta guerra suicida será posible otra Rusia, desembarazada del complejo de imperio herido y del deseo de restaurar su antigua grandeza a costa de sus vecinos.
Al despertarnos a las 5 de la mañana del 24 de febrero de 2022, escuchamos a Putin hablar de la «desnazificación» y «desmilitarización» como objetivos de su «operación militar». Despertémonos de verdad: no es Ucrania quien necesita una «desnazificación» y «desmilitarización». Sino Rusia.