Christa Schweng: lo que he aprendido personalmente con el coronavirus

Cuando el 13 de marzo —viernes, para más señas— nuestro Gobierno decidió cerrar el país a partir del lunes 16, la atmósfera en Viena cambió por completo: caminar por los lugares habituales esos últimos días producía una sensación extraña, y todo el mundo miraba con desconfianza a los demás.

Mi trabajo cambió de manera drástica con el confinamiento: los interlocutores sociales austriacos habían negociado rápidamente un nuevo régimen de reducción del tiempo de trabajo para la crisis de la COVID, que desencadenó una avalancha de consultas por parte de las empresas. Como soy especialista en asuntos sociales europeos, me encontré de repente respondiendo a preguntas complejas sobre los procedimientos de reducción de jornada en Austria.

Era consciente de que mi respuesta contribuiría a que una empresa decidiera si valía la pena trabajar a jornada reducida o si el régimen no le resultaba viable y tenía que despedir a los trabajadores inmediatamente, lo que me provocó algunas noches de insomnio.

Pensé mucho en los empresarios, que se verían obligados a tomar decisiones difíciles, y en sus trabajadores, que temían por sus puestos de trabajo. Pensé en los padres con hijos en las escuelas primarias, que iban a tener que reemplazar a los profesores durante semanas, y en las familias que no disponían del equipo técnico necesario para la escolarización en casa. Pensé en las personas que viven solas y que no tienen a nadie para compartir sus miedos. Y sentí pena por mi hija adolescente, que echaba de menos salir con sus amigos.

Trabajar desde casa no es nada nuevo para mí, que he estado teletrabajando muchos años, pero me di cuenta de que mucha gente tenía problemas para trabajar desde su domicilio, por falta del equipo adecuado, de espacio, de tranquilidad o del contacto con sus colegas.

¿Cambiará la COVID-19 nuestras vidas a largo plazo? No lo sé, pero por mi parte puedo decir que hay unas cuantas lecciones que he aprendido:

  1. trabajar desde el domicilio particular es tan productivo como trabajar en la oficina;
  2. una reunión de tres horas en Bruselas también puede celebrarse en línea;
  3. vivir con los seres queridos es una bendición, y más aún en tiempos de confinamiento;
  4. las reuniones por Skype son un pobre sustituto para hablar con tus padres y tus amigos: poder reunirse con ellos en persona no tiene precio.